En el Día del Almacenero, Gustavo Nissero repasa cuatro décadas al frente de su histórico comercio de barrio en Gualeguaychú. De los patacones y la llegada de los supermercados orientales a la libreta de fiado y el trato cara a cara que no se negocia.
Gustavo Nissero comenzó como empleado a los 20 años y hoy, rozando los 60, continúa al frente del almacén "El Gauchito Gil" junto a su esposa Claudia. A lo largo de casi 38 años de trayectoria, la despensa se convirtió en un pilar del barrio Juventd Unida, adaptándose a los vaivenes económicos, los cambios tecnológicos y las nuevas formas de consumo.
En una charla franca con motivo del Día del Almacenero, Nissero recordó los inicios del comercio, la época en que iniciaron con la modalidad de horario corrido —un rasgo distintivo que mantienen hasta hoy— y cómo el rubro terminó convirtiéndose en una tradición familiar que también abrazó su hijo tras la pandemia.
Adaptación constante ante las crisis y la competencia
El mostrador de un almacén de barrio funciona como un termómetro exacto de la realidad socioeconómica. A lo largo de cuatro décadas, Gustavo y Claudia debieron hacer frente a múltiples coyunturas: la circulación de cuasimonedas como los patacones, cortes de calle por obras de asfaltado y la irrupción de los supermercados orientales.
"Tuvimos el golpe de los orientales, mal llamados chinos, que también lo superamos. A veces vienen con todas las ganas, pero la gente termina buscando la atención directa, la botella fría o la compra rápida en la esquina", señala Gustavo.
A esa competencia se sumó en los últimos años la proliferación de verdulerías en pocas cuadras y los locales de 24 horas. Sin embargo, el comerciante aclara que la cercanía y el resolver las necesidades inmediatas de los vecinos son la clave de la permanencia: desde vender fiambre cortado en el momento hasta salvar la cena de quien busca una tira de asado o ingredientes a última hora.
La libreta de fiado y el rol de "psicólogos del barrio"
A pesar de las transformaciones en los medios de pago, la histórica libreta de fiado sigue vigente, aunque reducida a un núcleo de confianza de unos 20 clientes. Son, en su mayoría, trabajadores de la construcción o gente del campo que cobra semanal o mensualmente.
"Se hace una relación de confianza. Muchas veces somos psicólogos o doctores: la gente viene, te cuenta los problemas que tiene en la casa y vos tenés que escucharla. El vínculo es de persona a persona", reflexiona Nissero.
Las transformaciones tecnológicas también llegaron a la relación con los proveedores. Aunque hoy las grandes empresas impulsan los pedidos por celular, Gustavo reconoce que la esencia del rubro no cambia: el stock se sostiene colaborando con otros colegas, comprando en conjunto para lograr mejores precios y acompañando la economía de los vecinos.
Cambios en el consumo y legado familiar
El bolsillo de la gente marca la pauta del día a día. En el último tiempo, se nota una mayor cautela en el gasto, la búsqueda de alternativas de comida rápida o congelados por la vorágine laboral, y la incorporación de productos caseros de emprendedores locales que encuentran en el almacén una boca de venta.
Con la continuidad asegurada gracias a la iniciativa de su hijo Ezequiel —quien abrió su propio comercio en la zona de Avenida Parque—, Gustavo celebra la vigencia de la despensa tradicional: "Es un rubro sacrificado, pero muy lindo. El sol sale para todos y, mientras podamos, seguimos acá, apoyando y siendo parte del barrio".
